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El sueño de una noche de verano

¡Oh, Dulcinea! …

El aire dejaba deslizar con cierta claridad en la mañana del veintiocho del mes de julio. Medio dormitando, nuestro desgarbado caballero, soñaba en un monólogo interminable del serio y parsimonioso actor callejero que seguramente hubiera deseado ser y evocaba la algarabía en el paseo madrileño que no era tan intensa en esa mañana de verano, mientras cavilaba:

… – ¡Que mi señora ha dicho la verdá…! … ¡atravesada…! garganta…! una nuez de ballesta…!

La voz del hombre y su acento que reconoció inmediatamente, era el de un el manchego universal, acaparando un poco su atención. Ahora soñaba a ratos, sobreponiéndose con dificultad a los gritos y risas constantes de los niños en el ambiente. De un sector a otro, sobre las cabezas de la multitud, veía la adarga de fantasía que portaba y por momentos divisaba también su yelmo de Mambrino, de hojalata reluciente.

-¡Mil disculpas mi zeñó! -un chaval gordito y muy sudoroso y una preciosa niña de ojos azules, que se encontraba ataviada con un largo y vaporoso vestido de tul azulado lleno de lentejuelas, se encontraban frente a mí.

– ¡Qué si tiene usté la bondá de poder alcanzar aquel balón! La mano del infante indicaba hacia las ramas del frondoso platanus hispánica a cuya sombra se encontraba leyendo. Dejó el libro a un costado, levantándose.

– ¡Pero claro zagal! Le expresó solícito, para luego detenerse un instante al notar sus caras extrañadas. – ¡Eep…, por supuesto, niños! Rectificó entonces, más de acuerdo al idioma y su entonación.

– ¿Dónde está? Siguió, mirando hacia la altura del árbol. No vio nada.

– ¡Allí zeñó! Bajo aquella rama que asemeja al bauprés de una carabela!

– ¡Mire usté, está atrapada bajo aquella horquilla y por las males artes de Belcebú, que no quiere deshacerse! ¿Usté puede con buenas artes?

Miró ahora hacia el suelo, algo desconcertado. No era ya el idioma, su idioma, ni el lugar, ni las circunstancias. Ni siquiera los niños. Percibió algo como estar fuera de lugar. No supo si era él. Pero las sorpresas comenzaban… Se encaramó al banco. La vio. Allí estaba. Tal como decía el mocoso. Pero su brazo no la alcanzaba.

– ¡Maldición! Dijo en voz baja. Pero tal vez no tan baja para que ambos niños no le escucharan… Pero miraba hacia todos lados: Una pequeña rama, un pedazo de escoba, algún otro objeto…, en fin… algo que pudiera empujar la pelota enredada allí arriba.

En un esbozo de canción, escuchó:

…¡Usted soolo,

no puede!… ee eh…! ee eh…!

– ¿Qué le parece si emplea mi magia? Era la niña que se expresaba en el acento más dulce de niñita la que se dirigía a él.

Para entonces ya recobraba algo su aplomo. Con una voz que le sonó desconocida inquirió a su vez ya, con una molestia algo disimulada:

– Mira nena, ¿cómo te llamas?

– Dulcinea. Respondió, con un leve respingo de impaciencia.

– Bien Dulcinea, entiende tú que hago lo posible por ayudar. ¡Y no creo que me ayudes tú a mí, así vestida de princesa!

– ¡Pues, no soy una princesa! Refutó de inmediato.

– ¡Soy una hada!

– ¡Ah, bien. Repuso, todavía algo azorado.

– Entonces, ¿crees tú que baste unos pases mágicos?

– ¡Incrédulo! Sólo dijo, torciendo una respingona naricita.

– Vamos, si probáis con mi varita mágica…. Es todo….

Sinceramente, se sintió en cierto modo ridículo al recibir y sostener, extasiado y también maravillado, una larga varita dorada que remataba en una estrella que se encendía con pequeñas luces multicolores. La pelota cayó dócilmente, de inmediato, siendo recogida alborozadamente por el chaval.

-¡Mil gracias, zeñó! Exclamó, corriendo a través del prado.

Bajó del banco y miró a la niña. Se fijó mejor en ella. De su espalda surgían dos pequeñas alas transparentes y su blanca frente era surcada por una fina hilera de lentejuelas, que brillaban con la luz del sol. Con la varita en la mano, de verdad semejaba a una preciosa hada de los cuentos.

-¡Ve pues Dulcinea! ¿Qué esperas? – Ya no veo a tu hermano entre la gente de la plaza.

– No es mi hermano. Repuso, sentándose también a su lado.

– Pero entonces… ¡Si andabas con él!

– No. Dijo, mirando sus blancos zapatos.

– Sabes, sólo quise ayudarlo con mi magia. – ¡Y hoy es mi cumpleaños! Agregó, con los ojos brillantes. – Quise ser un hada benéfica y de verdad eso es maravilloso. ¿No crees?

Asintió silenciosamente.

– ¿Y vos niña, que hacéis? ¡Hija mía, por la Virgen! – ¡Y hablando con un desconocido!

Brazos en jarra, una bonita mujer estaba frente a nosotros. Desde su escaño apreció su figura desenvuelta y curvilínea, aunque notó también que no estaba tanto enfadada, sino tal vez molesta por la tardanza de la pequeña. Sonrió al darse cuenta rápidamente, que era la misma joven que estuvo todo el tiempo sentada al borde del monumento a Cervantes.

-¡Hola! ¿Cómo estás? Trató de ser lo más amable posible con ella. – Recién conversaba con la pequeña Dulcinea y….

– Mira que… ¿Dulcinea?, en fin tenemos que regresar a casa, vienen tus compañeritos a saludarte y veo que ya estrenasteis muy bien tu papel de hada… ¡Dulcinea…! ¡Qué imaginación, niña mía…! – Disculpe usted, mi señor ¿…? Resulta que ella celebra hoy su cumpleaños y me rogó venir a la Plaza de España, en este día, después de la misa. – Mi nombre es María de los Angeles…

– Y yo Jesús (vaya sin querer dijo el nombre con el que le conocen en la Mancha). – ¡Así que Dulcinea es su hija! Permítame felicitarla, es una nena exquisita y muy despierta. También veo en usted a una madre muy orgullosa…

– Vos no sois de Madrid, ¿Acierto? – Lo sé por el acento que tenéis, diferente al de aquí….

– Mira, no soy madrileño. No, no es cierto, soy madrileño pero con las raíces muy profundas en la Mancha, en un pueblecito del que siempre quiero acordarme.

– ¡Oh, un manchego! Pues nunca lo habría adivinado. Aunque ahora ya sé. Afirmó con seguridad. – Se encuentra acompañando al señor don Quijote – Oh! Le ruego me excuséis! …No sé que estoy diciendo. Pensé que lo conocía… Es aquel hombre que se pasea ataviado tal cual. Todos ya lo conocemos y dice deshacer agravios, como vos con la pelota… Os pido me disculpéis de nuevo. Miró a la niña: – Pues ya debemos ir a la estación. Es una buena hora…

Ambas se levantaron del asiento.

– Bien Dulcinea. Replico. – Haz caso a mami y que tu fiesta de cumpleaños sea todo un éxito. Me siento de veras encantado por haber conocido a una hada como tú y que seas muy feliz…

Siguió con la vista a la niña en un revuelo azul quien le señalaba con la varita, en tanto María de los Angeles le dirigía un saludo de despedida.

……….. – ¡Vean vuestras mercedes cuan de importancia es haber caballeros andantes que desfagan tuertos y agravios! … ¡Porque has de saber que es de gran honra tener una dama muchos caballeros que la sirvan…! …

Abrió el libro, sin leerlo, en tanto la alta y escuálida figura del señor de la Mancha retornaba de otra vuelta a la plaza, seguida de un corro de niños. Cerró su libro.

El sol empezaba a arder y nuestro desgarbado malandante despertó de su sueño dudando si aquello había sido solo la quimera de una noche de verano, por cierto de mucho calor, o si había sido una realidad difuminada.

Y camino del trabajo pensó que conocía a una Manchega que vino a ver la luz de este día 28, uy tampoco era cierto del todo ya que en el DNI aparece el 29, y que debía felicitarla. Recordando aquella canción de cuando era infante, la de los payasos…

Feliz, Feliz en tu día.

Amiguita que Dios te bendiga

Que reine la paz en tu día

Y qué cumplas muchos más

Se puso un poco rojo. – Vaya, pero si no soy un niño. Recordó a la chiquilla del sueño, al hada y comprendió que en esos momentos era un crío cantando… En fin La Vida es Sueño y los Sueños, Sueños son.

He dicho.

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