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Despertar en una noche de verano

Bajo la luz tenue de una luna que construye la cuna donde se mece la noche de la mancha granatuleña, paseaba lento mientras la imaginación no dejaba de volar hacia ese cielo infinito manchado de estrellas. La brisa de la noche acariciaba su cara mientras en sus ojos se clavaban las figuras que dibuja la carreta de la osa mayor con la menor.

Aún en su memoria resonaba la canción de mago, qué duermas bien mi dulcinea: Dejaré verte crecer, me marcho a vivir donde habita el olvido, intentaré buscar el camino. Cada vez que intento perder el miedo a caer me tropiezo en mi mismo. Se miro las manos y la tristeza se apoderó de él, ¡qué difícil es coger el agua con los dedos!, – pensó.

En su andar desmoronaba ese suelo volcánico, ya tenuemente iluminado por el resplandor que allá en el horizonte anunciaba la llegada del nuevo día, y en su sonido se componía la banda sonora de la vida.

Recordaba la noche de fiesta del año anterior y ese pregón del imaginario Sancho acompañado de su amigo Don Quijote, donde sin saber aún sí fue una vivencia irreal o un sueño real, paseaba por nuestras tierras manchegas. Se acordó del caballero andante y se sintió un poco así, como el mal andante caballero que nunca fue pero que había siempre rodeado su existencia. Acaso toda su vida se había dejado llevar por un montón de locuras, de ideales irreales, de sueños embrolladores pero no embusteros. Se entristeció aún más. Quizás su existencia sólo había sido eso un torpe caminar en busca de desfacer entuertos ajenos y fue como el agua del río empujada, llevada hacia el mar quiera o no. «Tuvo a todo el mundo en poco, fue el espantajo y el coco del mundo, en tal coyuntura, que acreditó su ventura morir cuerdo y vivir loco», las palabras de D. Alonso Quijano rebotaban en su mente.

Andando pisaba la vereda donde Don Quijote libró la batalla de los Galeotes. zas, tin, ton… Podía escuchar los golpes contra los guardianes que llevaban a Galeras a los presos. Y también pudo escuchar las piedras que golpeaban a D. Quijote después de liberarlos, como premio a su locura idealizada, maltrecho y dolorido no podía entender cómo después de desfacer entuertos contra desvalidos su premio era ser lapidado. Incomprendido.

Seguía pensando: Y esta Mancha que aquí parece empezar, que aquí abre camino sin final,… es antesala del Universo, que sigue siendo el milagro del pan y del vino, eso que bien sabéis vosotros, hombres sufridos en la tierra donde:…. las cebadas, trigales, avenas y centenos, han dado vida y solera a años de lontananza en ese risueño campo con el sol campesino de amores. Aquí empiezan los ocres dorados, los sienas tostados al trasluz de un sol radiante, casi asesino, que amamanta los atardeceres hermosos.

Granátula es tierra que rozó el bueno de Don Quijote y que, llegase a ser tan hidalga como Don Alonso Quijano, pero tan humana y tan fiel, como el bueno de Sancho Panza, porque llegando camino de las Cañadas, reales de apellido, y de esa Mancha tan llana, se encuentra este lugar, diferente y distinto, cuna de Oretanos y obispos, estirpe calatraveña, tierra propensa a crear linajes, hombres ilustres de genio innovador, a veces levantisco, cuna de iluminados, hombres de la iglesia y de las armas como nuestro ilustre D. Baldomero, Espartero conocido en todo el mundo, riqueza de la cultura, la vuestra que es, también la nuestra.

Y así ensimismado dio un tropezón y levantando la vista:
– ¡Eh señó! Buenos días.
– Una niñita, preciosa, morena, ojos castaños… ¡Eh! Sí. Hola Dulcinea
– ¡Se acuerda de mí!
– Cómo no recordarte. ¡Cada día estás más guapa! Mi Hada.
– Uy, bueno ya sabe que mi nombre no es Dulcinea.
– Sí pero para mí eres Dulcinea, aquella mujer cuyo origen no importaba sólo que era el sueño del caballero. Sueños… ¡qué difícil es tenerlos sin quedar fuera de la realidad!
Se ruborizó un poco.
– Muchas gracias. Me siento como esa hada con tus palabras. Pero ¿qué haces por aquí?
– Difícil pregunta, mejor dicho compleja respuesta. Como el caballero andante que tanta fama dio a nuestra tierra, ando perdido, errante. Demasiados sueños en mi faltriquera que para más ende tiene un roto en el fondo. ¿Sabes? Creo que necesito un poco de tu magia, ¿qué hiciste con la varita, toda hada que se precie tiene una?
Dulcinea esbozó una sonrisa en su cara.
– ¿Pero a tus y tantos aún sigues creyendo en las hadas?
Puso una sonrisa un tanto pícara.
– Creo que sé lo que intentas decirme, al final la magia se compone de pequeñas cosas, de pequeños momentos, que tienen su seducción, su embeleso, la atracción… Pero no puedo creer que necesites esa magia, el señor de los sueños.

Volvió a tropezar y despertó del espejismo de Dulcinea y de los sueños. Y como Calderón recordó que los sueños, sueños son…

Sueña el rico en su riqueza,
que más cuidados le ofrece;
sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza;
sueña el que a medrar empieza,
sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende,
y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende.
Yo sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.

Y es que los tiempos cambian, así de sencillo. Ahora, las bellas mozas van enjutadas luciendo torso, escote y entre falda de poca tela que con retal se adereza, enjaulan su esbeltez entre tacones, menos lejanos que aquellos de nuestro Pedro Almodóvar. Lejanas quedan, por tanto, aquellos ropajes de nuestras madres y abuelas, con ancha saya de verbina, sobre un refajo o dos de bayeta amarilla y arriba, jubón negro, y… ¡osado sería y la Inquisición, que también dejó huella en nuestro pueblo, bien cumpliría, el que por suerte y más bien eran tiempos de desgracia, pudiese ver tobillo al bies, con piel o sin ella¡. Buenos tiempos para los jovenzuelos que hacían despertar su imaginación en vuelo constante para saber que habría debajo de jubón, saya o mantón.

Tiempos distintos, ahora todo el mundo te llama amigo por algún suceso insignificante que haya sucedido entre los dos, pero olvidan que la amistad es más que el trato superficial entre tú y nosotros y que consiste en procurar siempre el bien del otro sin que a ti te importe secundar tus necesidades a las del camarada. «Si da el cantaron en la piedra o la piedra en el cántaro, mal para el cántaro». Un verdadero amigo jamás te haría daño, ni aunque fuera por tu propio bien.

Pero la amistad es algo distinta al cántaro y se lima con la relación. Siempre recordaré el dicho que cita mi madre «el roce hace el cariño». Y deseo creer que las personas tienen permanentemente el deseo de olvidar aquellas rencillas que atrás limaron buenas relaciones. Debe haber refuerzos amorosos en encuentros ya consumados y flechazos nuevos que hagan rechinar los cascabeles del corazón; debe enjugarse el llanto en raudales de alegría; debe beberse de la pócima del buen rollo, del roce amigable, del beso juguetón, de la carcajada airosa junto a un buen vino. Pero eso sí siendo fieles a nosotros mismos y huyendo del advenedizo que mal trago tiene.

Son las 7 de la mañana… hora de levantarse.  Qué raro, juraría que he estado toda la noche en danza,  en fin… será un sueño y los sueños, sueños son.

El sueño de una noche de verano

 

¡Oh, Dulcinea! … 

 

El aire dejaba deslizar con cierta claridad en la mañana del veintiocho del mes de julio. Medio dormitando, nuestro desgarbado caballero, soñaba en un monólogo interminable del serio y parsimonioso actor callejero que seguramente hubiera deseado ser y evocaba la algarabía en el paseo madrileño que no era tan intensa en esa mañana de verano, mientras cavilaba:

… – ¡Que mi señora ha dicho la verdá…! … ¡atravesada…! garganta…! una nuez de ballesta…!

 

La voz del hombre y su acento que reconoció inmediatamente, era el de un el manchego universal, acaparando un poco su atención. Ahora soñaba a ratos, sobreponiéndose con dificultad a los gritos y risas constantes de los niños en el ambiente. De un sector a otro, sobre las cabezas de la multitud, veía la adarga de fantasía que portaba y por momentos divisaba también su yelmo de Mambrino, de hojalata reluciente.

 

-¡Mil disculpas mi zeñó!  -un chaval gordito y muy sudoroso y una preciosa niña de ojos azules, que se encontraba ataviada con un largo y vaporoso vestido de tul azulado lleno de lentejuelas, se encontraban frente a mí.

 

– ¡Qué si tiene usté la bondá de poder alcanzar aquel  balón!  La mano del infante indicaba hacia las ramas del frondoso platanus hispánica a cuya sombra se encontraba leyendo. Dejó el libro a un costado, levantándose.

 

– ¡Pero claro zagal!  Le expresó solícito, para luego detenerse un instante al notar sus caras extrañadas.   – ¡Eep…, por supuesto, niños!  Rectificó entonces, más de acuerdo al idioma y su entonación.   

 

– ¿Dónde está?  Siguió, mirando hacia la altura del árbol. No vio nada.

 

– ¡Allí zeñó!  Bajo aquella rama que asemeja al bauprés de una carabela!

 

–  ¡Mire usté, está atrapada bajo aquella horquilla y por las males artes de Belcebú, que no quiere deshacerse!     ¿Usté puede con buenas artes? 

Miró ahora hacia el suelo, algo desconcertado. No era ya el idioma, su idioma, ni el lugar, ni las circunstancias. Ni siquiera los niños. Percibió algo como estar fuera de lugar. No supo si era él. Pero las sorpresas comenzaban… Se encaramó al banco. La vio. Allí estaba. Tal como decía el mocoso. Pero su brazo no la alcanzaba.  

 

– ¡Maldición! Dijo en voz baja. Pero tal vez no tan baja para que ambos niños no le escucharan…  Pero miraba hacia todos lados: Una pequeña rama, un pedazo de escoba, algún otro objeto…, en fin… algo que pudiera empujar la pelota enredada allí arriba.

 

En un esbozo de canción, escuchó:

…¡Usted soolo,

no puede!… ee eh…! ee eh…!

 

– ¿Qué le parece si emplea mi magia?   Era la niña que se expresaba en el acento más dulce de niñita la que se dirigía a él.

 

Para entonces ya recobraba algo su aplomo.   Con una voz que le sonó desconocida inquirió a su vez ya, con una molestia algo disimulada:   

 

– Mira nena, ¿cómo te llamas?

 

– Dulcinea.   Respondió, con un leve respingo de impaciencia.

 

– Bien Dulcinea, entiende tú que hago lo posible por ayudar.  ¡Y no creo que me ayudes tú a mí, así vestida de princesa!

 

– ¡Pues, no soy una princesa!   Refutó de inmediato. 

 

– ¡Soy una hada!

 

– ¡Ah, bien.  Repuso, todavía algo  azorado.  

 

– Entonces, ¿crees tú que baste unos pases mágicos?

 

– ¡Incrédulo!  Sólo dijo, torciendo una respingona naricita.  

 

– Vamos, si probáis con mi varita mágica….   Es todo….

 

Sinceramente, se sintió en cierto modo ridículo al recibir y sostener, extasiado y también  maravillado, una larga varita dorada que remataba en una estrella que se encendía con pequeñas luces multicolores. La pelota cayó dócilmente, de inmediato, siendo recogida alborozadamente por el chaval.

 

-¡Mil gracias, zeñó!  Exclamó, corriendo a través del prado.

 

Bajó del banco y miró a la niña. Se fijó mejor en ella. De su espalda surgían dos pequeñas alas transparentes y su blanca frente era surcada por una fina hilera de lentejuelas, que brillaban con la luz del sol. Con la varita en la mano,  de verdad semejaba a una preciosa hada de los cuentos.

 

-¡Ve pues Dulcinea!  ¿Qué esperas?   – Ya no veo a tu hermano entre la gente de la plaza.

 

– No es mi hermano. Repuso, sentándose también a su lado.

 

– Pero entonces… ¡Si andabas con él!

 

– No.  Dijo, mirando sus blancos zapatos. 

 

– Sabes, sólo quise ayudarlo con mi magia.   – ¡Y hoy es mi cumpleaños!   Agregó, con los ojos brillantes.  – Quise ser un hada benéfica y de verdad eso es maravilloso. ¿No crees?

 

Asintió silenciosamente. 

 

– ¿Y vos niña, que hacéis? ¡Hija mía, por la Virgen!  – ¡Y hablando con un desconocido!

 

Brazos en jarra, una bonita mujer estaba frente a nosotros. Desde su escaño apreció su figura desenvuelta y curvilínea, aunque notó también que no estaba tanto enfadada, sino tal vez molesta por la tardanza de la pequeña. Sonrió al darse cuenta rápidamente, que era la misma joven que estuvo todo el tiempo sentada al borde del monumento a Cervantes.

 

-¡Hola!  ¿Cómo estás?  Trató de ser lo más amable posible con ella.  –  Recién conversaba con la pequeña Dulcinea y…. 

 

– Mira que… ¿Dulcinea?, en fin tenemos que regresar a casa, vienen tus compañeritos a saludarte y veo que ya estrenasteis muy bien tu papel de hada… ¡Dulcinea…!  ¡Qué imaginación, niña mía…!  – Disculpe usted, mi señor ¿…?   Resulta que ella celebra hoy su cumpleaños y me rogó venir a la Plaza de España, en este día, después de la misa.  – Mi nombre es María de los Angeles…

 

– Y yo Jesús (vaya sin querer dijo el nombre con el que le conocen en la Mancha).  – ¡Así que Dulcinea es su hija!  Permítame felicitarla, es una nena exquisita y muy despierta. También veo en usted a una madre muy orgullosa…

 

– Vos no sois de Madrid,  ¿Acierto?  – Lo sé por el acento que tenéis, diferente al de aquí….

 

– Mira, no soy madrileño. No, no es cierto, soy madrileño pero con las raíces muy profundas en la Mancha, en un pueblecito del que siempre quiero acordarme.

 

– ¡Oh, un manchego!  Pues nunca lo habría adivinado.  Aunque ahora ya sé.  Afirmó con seguridad.  – Se encuentra acompañando al señor don Quijote – Oh! Le ruego me excuséis!   …No sé que estoy diciendo. Pensé que lo conocía… Es aquel hombre que se pasea ataviado tal cual. Todos ya lo conocemos y dice deshacer agravios, como vos con la pelota…  Os pido me disculpéis de nuevo.   Miró a la niña:  – Pues ya debemos ir a la estación. Es una buena hora…

 

Ambas se levantaron del asiento.

 

– Bien Dulcinea. Replico.  – Haz caso a mami y que tu fiesta de cumpleaños sea todo un éxito. Me siento de veras encantado por haber conocido a una hada como tú y que seas muy feliz…

 

Siguió con la vista a la niña en un revuelo azul quien le señalaba con la varita, en tanto María de los Angeles le dirigía un saludo de despedida.

 

……….. – ¡Vean vuestras mercedes cuan de importancia es haber caballeros andantes que desfagan tuertos y agravios! … ¡Porque has de saber que es de gran honra tener una dama muchos caballeros que la sirvan…! …

 

Abrió el libro, sin leerlo, en tanto la alta y escuálida figura del señor de la Mancha retornaba de  otra vuelta a la plaza, seguida de un corro de niños. Cerró su libro.

 

El sol empezaba a arder y nuestro desgarbado malandante despertó de su sueño dudando si aquello había sido solo la quimera de una noche de verano, por cierto de mucho calor, o si había sido una realidad difuminada.

 

Y camino del trabajo pensó que conocía a una Manchega que vino a ver la luz de este día 28, uy tampoco era cierto del todo ya que en el DNI aparece el 29, y que debía felicitarla. Recordando aquella canción de cuando era infante, la de los payasos…

 

Feliz, Feliz en tu día.

Amiguita que Dios te bendiga

Que reine la paz en tu día

Y qué cumplas muchos más

 

Se puso un poco rojo. – Vaya, pero si no soy un niño. Recordó a la chiquilla del sueño, al hada y comprendió que en esos momentos era un crío cantando… En fin La Vida es Sueño y los Sueños, Sueños son.

 

He dicho.

El pregón de Sancho

En un lugar de la Mancha cuyo nombre siempre llevamos en la memoria, hace mucho tiempo que moraban visigodos, romanos, árabes… manchegos. Desde la edad de piedra, donde los encantadores transformaban en la noche de San Juan a una “bicha” en una doncella instruida en las artes amatorias, hasta el día que rededor de la laguna de Valdeleón los manchegos fueron construyendo su morada con la venida de almas de Oreto – Zuqueca y de Añavete, distintos pueblos han forjado su historia. Entre lomas y cerros, valles y cráteres, fumarolas y simas convivían los granatuleños viendo pasar camino de Andalucía al inspector de abastos de la real marina que proveía de trigo y cereales a la Invencible en su lucha contra la armada inglesa. Y así fue cuando nuestro señor imaginario Don Quijote con su amado escudero nació en la mente de Cervantes cabalgando por tierras granatuleñas, por el Camino Real, en el entorno de Añavete, donde vino a sucederle la batalla con los Galeotes. Después de esta guisa, ya en el año 2008, pasando nuevamente por Granátula iban platicando nuestro querido caballero andante y nuestro malandante escudero.

 

– Válgame señor don Quijote que ese pueblo que vemos allí es Granátula de Calatrava. Sepa mi señor que habiendo conocido que en su entorno tuvo lugar la batalla de los galeotes, han tenido a bien enviarme un recado de la Hermandad del Cristo en el que me incitan a hacer un pregón en las fiestas de su querido Santo Cristo de la Resurrección, un Santo que se encarga de proteger a esta Villa desde hace tiempo, antes de que viniera aquí vuesa merced con Rocinante y yo a lomos de mi rucio.

 

En esta plática estaban Don Quijote y Sancho cabalgando por la vereda camino de Granátula, recitando el escudero:

  

– Aflojando ya el sermón

que sin querer voy echando

se me olvida que es pregón

y que no estoy predicando.

La fiesta está preparada

que no falte la cordura

la amistad y la mesura

que nos sea bien cumplida

y con la salud encomiada.

– Mi buen Sancho has de saber que esta patria cuyo nombre llevo grabado en el pecho es nuestra tierra. Procura en tu pregón predicarles de las bondades de su región y si al mandado no hacen caso, tendrían mucha razón: Mensajero sois amigo, no merecéis culpa, non. No  confiéis en eso, Sancho, que en la manchega región tan colérica es la gente, como honrada y con honor, y no consiente cosquillas de nadie, ni la traición, que siempre será vengada. Si os huelen –vive Dios- que os mando mala ventura qué el diablo me ha metido en esto y yo no. Ahora bien todas las cosas tienen siempre algún remedio, excepto la muerte segura, como siempre estoy oyendo.

– Mi señor Don Quijote no tenga duda que así lo haré. Sepa que como casi todo lo que se puede decir en literatura, ya lo dejó dicho Cervantes en algún lugar de la segunda parte de la novela que cuenta sus aventuras cuando afirmaba: “La mentira es mejor cuanto más parece verdadera y tanto más agrada cuanto tiene más de dudoso y posible”. Así es que las fábulas deben ser escritas cuidando que “admiren, suspendan, alborocen y entretengan, de modo que anden a un mismo paso la admiración y la alegría juntas”. Es como si quisieran contar a la vida mesma, donde la verdad y la mentira, la ilusión y la desilusión, la pasión y el odio, la alegría y el lloro, mezclan como en el gazpacho manchego y forman un unto amasado por la convivencia y mal amalgamado por la envida y la avaricia. Que ya lo dicen los refranes, que siempre mi hidalgo me recrimina que use “quién bien te quiere te hará sufrir”, “mas vale buena esperanza que ruin posesión”, “aunque la traición se aplace, el traidor se aborrece” o “quien te cubre, te descubre” aunque a veces “pagan justos por pecadores”. Es como si fueran los duelos y los quebrantos.

– No más refranes, Sancho -dijo Don Quijote-, pues cualquiera de los que has dicho basta para dar a entender tu pensamiento; y muchas veces te he aconsejado que no seas tan pródigo de refranes y que te vayas a la mano en decirlos. Si no me acuerdo mal, otra vez te he dicho que los refranes son sentencias breves, sacadas de la experiencia y especulación de nuestros antiguos sabios; y el refrán que no viene a propósito antes es disparate que sentencia. Y hablando de disparates que es eso de los duelos y quebrantos, ¿no será que tu barriga está rezongando y sale a la luz el tragaldabas que llevas dentro?

 

– Mire que a estas horas la gazuza va acechando. Pero no es eso sino que ha de saber que algunos autores mencionan que algunos labradores, al sufrir la muerte repentina de un animal de labor, como las vacas, el burro o el caballo, aprovechaban su carne preparando un guiso con ella, y el nombre procede de los «Duelos y Quebrantos» que el labrador sufría durante su cocinado. Otros dicen que el nombre hace alusión al «quebranto» del ayuno impuesto sobre las carnes de cerdo tanto en las religiones Judía como Islámica y su posterior «duelo» tras haber violado los preceptos del ayuno. Y por eso digo que la vida es como este manjar, mezclando diversos tipos de carne con la unión del huevo hacen que quede un plato preciado y apetitoso, lo mesmo que en la existencia mortal cuando se mezclan las personas, el hombre y la mujer, los amigos, etc., y se unen por el cariño, la, amor, respeto y la amistad. Más cuando el huevo está en mal estado y el uso o el abuso o simplemente la traición quiebran esos sentimientos hacen que la confianza de repugnancia y quede rasgada. Y aunque le de motivos para que vuelva a reprenderme vienen a mi boca más refranes como “váyase el muerto a la sepultura y el vivo a la hogaza”, “a rey muerto rey puesto” y “érase que se era, el bien que viniere para todos sea, y el mal, para quien lo fuere a buscar….”

 

– Bien Sancho déjate ya de refranes y dichos, que ha debido pasar por aquí el encantador Frestón y parece que nos han trocado los unos en los otros y tu Sancho fueras un erudito escritor que desea con los refranes desfacer entuertos. Haz gala Sancho, de la humildad de tu linaje: no te avergüences de que sean labradores tus padres, de baja estirpe nacidos hay casos innumerables que han llegado a ser pontífices, o emperadores muy grandes. Si te precias de virtud, no tengas envidia a nadie, sean príncipes o señores con quien puedas compararte; pues la virtud se conquista, pero se hereda la sangre, y la virtud por sí sola vale más que los linajes. Más la iglesia de Granátula ya queda a la vista y aún no me has contado que dimes y diretes trovarás en el pregón de fiestas.

 

Esta discusión traían Don Quijote y Sancho entrando por el camino Moro, por lo que ahora es la ruta que lleva su nombre. De esta guisa Sancho empezó a recitar las estrofas de su pregón:

 

“Cuando la oliva está en sabia

y el almendro pleno de flor”,

cuentan los viejos romances

que es el tiempo del amor.

Amor del campo en verano,

fruto del trabajador

que recoge las espigas

que con su sudor regó,

en una tierra madrastra

que hoy en madre se tornó.

 

Lejos ya duros trabajos,

que es tiempo de festejar

con canciones y alegría

las fiestas de aqueste lar.

Dejad por estos tres días

las labores de los campos

que bueno es que descansen

alguna vez los humanos

y se entreguen a la fiesta,

a la comida y los tragos

pues triste sería la vida

si sólo hubiera trabajos.

 

Tomad pendones y cruces,

andas, imágenes y bandos

y mostrad esta hermosísima tierra

a propios y extraños

 

Bailad al son de la música,

llenad de viandas los platos,

disfrutad de tal jarana

que se asombren hasta los prados.  

 

 

No deis tregua a la tristeza

que no hay que andar cabizbajos,

que las fiestas no hacen migas

con caras y rostros largos.  

 

Dianas, bailes y verbenas,

gallofa y comidas ansiamos

todo está ya dispuesto

sólo falta el disfrutarlo.  

 

Que niños y adultos se alleguen

de este y otros pueblos cercanos

que generosidad nos sobra

para contentar a invitados.  

 

Y es prudente que ya calle

pues no quisiera cansaros

y que otros sean los que digan

discursos más prolongados.  

 

No quiero que me deis dineros,

ni aplausos, ni grandes halagos,

con saber que disfrutáis de la fiesta

ya me doy por bien pagado.  

 

Y lo que decía al principio,

lo repito de buen grado

ahora que este pregón

ya está finalizando:  

disculpad que sea yo,

sin duda el menos indicado,

el que os invite a la fiesta

en honor de vuestro Santo. 

-Perdóname, amigo, de la ocasión que te he dado de parecer loco como yo, haciéndote caer en el error en que yo he caído, de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo. Tu pregón confirma tu cordura y mi locura, así como el conocimiento que tienes de la realidad y de Granátula. Aquí me siento fatigado, quedaré descansando por los restos en aquel campo santo, que allí se divisa donde volver rodaron.

-¡Ay! -respondió Sancho, llorando-: no se abandone vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire no sea perezoso y vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos concertado: quizá tras de alguna mata hallaremos a la señora doña Dulcinea desencantada, que no haya más que ver. Si es que se muere de pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa, diciendo que por haber yo cinchado mal a Rocinante le derribaron, y véngase conmigo a pregonar las aventuras y la verdad del corazón libre, que no son simples chifladuras de un loco que perdió el seso y acabó creyéndose caballero andante, sino que Don Quijote dijo “no” a muchas cosas y se enfrentó por ello a la lógica y al sentido común de sus bienpensantes vecinos; de quién se negó a adaptar la “inmensidad de sus deseos” de hacer el bien, a la “pequeñez que la realidad le ofrecía”. Déjese el cementerio y de abandonarse a su canto, sigamos hacia la plaza y veamos aquel zapato, que conmemora la ruta de aquel director de cinematógrafo.

– Mi querido Sancho después de escucharte la cordura ahora vive en mí.

Hasta aquí la aventura de nuestro inmortal manchego y Sancho. Solo quien echa un vistazo rápido y superficial a la inmortal obra de Cervantes puede pensar que don Quijote fue un perdedor. Venció a todos los que intentaron cambiar los ideales por la injusta realidad.

Hasta aquí la narración de este pobre cuentista, fin de la imaginación de quien dejándose llevar por la inventiva trajo de nuevo por veredas y caminos a Granátula a los personajes inmortales del idealismo, a dos manchegos ilustres un ingenioso hidalgo y un escudero labrador.

Vale.